Me coloca las manos sobre las sienes, luego las baja a lo largo de mi cuello,
y presiona con los codos la zona debajo de mis omóplatos. Suelto
un grito ahogado que señala la frontera entre el placer y el dolor,
y durante un momento me olvido de todo lo único que puedo hacer es
morderme el labio inferior, respirar hondo y desear que cada momento
de mi insignificante y estúpida vida pudiera sentir lo mismo
que en este instante.

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